19/8/2026 - FEDERAL; 08:10 (foto con celular).EL INVIERNO MÁS GRIS; POCO SOL Y MUCHAS NUBES: 76 DÍAS Y SOLO 12 CON SOL (dato estadístico general al 17/8/2026)
Si la sensación es que este invierno viene con más nubes que de costumbre, los números parecen darle la razón.
Un conteo realizado por la página especializada Tiempo AMBA mostró que, de los últimos 76 días, solamente 12 tuvieron presencia de sol, una situación que se hizo especialmente evidente en la provincia de Buenos Aires y buena parte de la región central del país.
El mes de julio fue un claro ejemplo. De los 31 días del mes, el sol apareció solamente en 4 jornadas en el AMBA, mientras que en la Costa Atlántica lo hizo apenas en 3. Y agosto tampoco viene demasiado diferente: en lo que va del mes, solamente hubo 4 días con sol.
Pero, ¿por qué tantos días grises? De acuerdo con análisis basados en información del Servicio Meteorológico Nacional (SMN), la presencia de El Niño podría haber contribuido a las lluvias y a la sucesión de jornadas nubladas que se vienen registrando en la región.
El fenómeno también podría favorecer una mayor frecuencia de lluvias durante los próximos meses. Para el trimestre agosto-septiembre-octubre, el SMN prevé condiciones más lluviosas de lo normal en distintas zonas del país, mientras que en el AMBA octubre aparece como uno de los meses con mayor influencia de El Niño.
Así, entre cielos cubiertos, lluvias y pocas ventanas de sol, este invierno viene dejando una postal bastante particular. Y para quienes ya están esperando un poco de cielo despejado, parece que habrá que tener paciencia: por ahora, las nubes siguen ganando por goleada.
El invierno 2026 está dejando una postal poco habitual en buena parte de Argentina: muchos días con cielo cubierto. El cambio en la circulación asociado a El Niño ayudaría a explicar el fenómeno y también puede influir en cómo nos sentimos.
Hay inviernos fríos. Otros son lluviosos. Y también están esos inviernos en los que parece que el sol directamente desapareció.
La sensación de muchas personas durante las últimas semanas tiene ahora un respaldo en los datos. Un reciente posteo del Servicio Meteorológico Nacional mostró la evolución de la cobertura nubosa sobre Argentina durante los últimos meses, dejando en evidencia un aumento notorio de los cielos cubiertos durante este invierno en amplias zonas del país.
No se trata simplemente de una impresión subjetiva. La cantidad de horas con cielo cubierto puede modificar por completo la percepción que tenemos de una estación que, por definición, ya cuenta con menos horas de luz que el verano, señala el sitio Meteored.
Y detrás de este comportamiento aparece también un actor climático de escala planetaria: El Niño.
El Niño cambió el escenario atmosférico
El fenómeno El Niño comenzó a consolidarse durante el otoño y el inicio del invierno de 2026. En junio, el SMN estimaba alrededor de un 90 % de probabilidades de desarrollo de una fase cálida durante el trimestre junio-julio-agosto, mientras que en julio las condiciones ya eran consistentes con El Niño y la probabilidad de continuidad para el resto del año se acercaba al 100 %.
El Niño no determina por sí solo el tiempo de un lugar, pero modifica la circulación atmosférica a gran escala y puede favorecer determinados patrones regionales.
En Argentina, uno de sus efectos más conocidos es la tendencia hacia mayores precipitaciones en buena parte del centro y norte del país, aunque la respuesta no es idéntica en todas las regiones ni durante todo el evento. El propio SMN destaca que las condiciones asociadas al ENOS suelen favorecer un aumento de las precipitaciones y temperaturas superiores a lo normal en nuestra región.
En este contexto, una circulación más húmeda y determinados períodos de estabilidad o persistencia de ingresos de sistemas de baja presión pueden traducirse en algo que todos reconocemos rápidamente: jornadas enteras de cielo gris, con escasos momentos de sol.
Y cuando eso se repite durante días, el impacto deja de ser solamente meteorológico.
Cuando la falta de sol empieza a sentirse
“Estoy sin ganas de nada” es una frase que puede aparecer con más frecuencia durante períodos prolongados de días grises. No significa que cada persona que se siente cansada o desmotivada esté atravesando una depresión, pero la relación entre luz, sueño y estado de ánimo está ampliamente estudiada.
La exposición a la luz natural participa en la regulación de nuestro reloj biológico, que organiza los ciclos de sueño y vigilia. También interviene en mecanismos relacionados con la melatonina y la serotonina, sustancias vinculadas con el sueño y la regulación del estado de ánimo.
Por eso, cuando el invierno combina días cortos con una sucesión de jornadas particularmente nubladas, la cantidad de luz ambiental disponible puede ser considerablemente menor.
Hay personas especialmente sensibles a estos cambios. En ellas puede aparecer el denominado trastorno afectivo estacional, una forma de depresión que sigue un patrón asociado a determinadas épocas del año y que suele presentarse durante los meses de menor disponibilidad de luz.
La investigación científica relaciona este cuadro con alteraciones de los ritmos circadianos y de los mecanismos neuroquímicos regulados por la luz.
Eso no significa que un cielo nublado provoque depresión. La salud mental es mucho más compleja que una variable meteorológica. Pero sí ayuda a entender por qué un período prolongado sin luz solar puede contribuir al cansancio, la somnolencia, los cambios en el sueño o una menor sensación de bienestar en algunas personas.
El sol también es parte del clima que sentimos
Quizás por eso la aparición de un día soleado después de una larga seguidilla de nubosidad produce una reacción casi inmediata. Cambia el paisaje, cambia la temperatura percibida y, para muchos, cambia también el ánimo.
Este invierno, con El Niño reorganizando parte de la circulación atmosférica y favoreciendo condiciones que pueden sostener períodos húmedos y nubosos, la Argentina está viviendo algo más que una sucesión de jornadas grises.
Es un recordatorio de que el tiempo meteorológico no termina en el termómetro ni en el pluviómetro. También condiciona nuestros ritmos cotidianos, cuánto tiempo pasamos al aire libre y, de manera indirecta, cómo experimentamos cada día.