La espantosa vivencia de transitar por la ruta 6








































Es de noche (en la ruta 6, por el trajinar, es prácticamente lo mismo que si sería de día –se destierra esta comparación cuando se vive la experiencia nocturna-). Uno se expone a lo que el destino depare.


No se ve a más de cinco metros. Sobre lo que queda de pavimento no se divisa ninguna línea blanca, ni al medio, como tampoco en los laterales del camino.

En los bordes de los restos del asfalto ‘carcomido’ alcanza a distinguirse que la prolongación del suelo conduce a lo que debería ser la banquina, inexistente.


Si se tuviera una falla mecánica en el vehículo, quedarse es resignarse a esperar un auxilio para cuando aclare. Tampoco hay señal de telefonía móvil, por lo que el pedido de rescate en medio del monte es un desafío comunicacional comparable a establecer contacto con los extraterrestres.

Ni imaginar que pudiera haber carteles de señalización, mucho menos de velocidad permitida, y si hubiere, es lo mismo, porque inevitablemente se transita ‘a paso de hombre’.

La aguja del velocímetro se inclina descendente desde la marca 90, a 60, a 40, hasta 20. Una vez que se atraviesa el pozo, el hoyo, el cráter, se intenta acelerar la marcha, pero tal propósito dura un suspiro.

A tal extremo llega el andar desparejo que estando frente a un pozo, no hay alternativa que… dar marcha atrás. Lo que alguna vez a uno le contaron, lo vive en carne propia. Palanca de cambio en mano, hay que maniobrar para retroceder.

Después, volver a empezar. La tensión es estresante. Impotencia, bronca, angustia, son las sensaciones recurrentes que invaden al volante.

Qué hacer ante tantas complicaciones con la incertidumbre hostigando. Volver, regresar al punto de partida, seguir, mantener la calma. Los pensamientos acucian.

La vivencia de cruzar el Parque ‘Pereyra Iraola’ en la oscuridad de la noche es un fantasma que aparece en el horizonte invisible.

No hay luces alrededor, sólo tupida vegetación y un color predominante: el negro, del cielo, del terreno, del agua embarrada.

El tiempo no pasa, como tampoco la cantidad de kilómetros. Falta mucho camino por recorrer, para llegar a destino, lo que se concretará casi cuando amanezca, lo que no es poco. Estamos vivos. 



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VERDE, RESPLANDECIENTE

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