2/10/09 (Texto y fotos: Daniel Cristina).
Quién pudiera saber qué piensan, cuál es la verdadera lucidez de su razón. Descubrir sus sensaciones es una incógnita casi imposible de develar.
Deambulan con su imaginación, sin saber en la mayoría de los casos dónde están. Son los enfermos mentales a los que, a muy pocos, les interesa saber cómo están.
Quisiera alguien explicar cómo es posible que el cerebro se pueda desgastar no sin antes avisar.
Caminan de un lado a otro; se ríen de nada y buscan con quien conversar. Algunos otros -los menos- están recluidos en su propia sombra; miran a lo lejos. Sus ojos perdidos se agotan en un infinito que no les devolverá siquiera el más mínimo sentido de la razón.
Son entre 160 y 170 alojados en 4 pabellones, así, con números, agrupados por la fría matemática que determina aproximadamente 40 pacientes por sala -2 de hombres y 2 de mujeres-, separados por sexo y grado de discapacidad mental.
El playón de baldosones es el espacio que separa los pabellones de mujeres y varones. Por el cemento transitan una y otra vez durante todo el día; van y vienen; se recuestan sobre una columna; se sientan en las galerías.
Se levantan cuando el reloj reparte sus agujas entre las cinco y las seis.
Muchos de ellos colaboran en la limpieza de las salas. Asisten a los talleres de terapia ocupacional -elaboración de dulces, artesanías, bijouterí, alpargatas-. Acompañan en la elaboración de manufacturas al igual que en las tareas en el depósito de mercadería.
Están ahí, en el hospital psiquiátrico de Federal, ubicado donde tuvo su asentamiento el Regimiento 11 de Caballería.
Son seres humanos que casi todos ignoran que existen.
Los familiares los rechazan; cuentan que como tantos otros casos, una paciente fue dada de alta y llevada a su domicilio particular. En la puerta de su casa, la madre no la quiso recibir. La puerta se cerró. Le pidieron por favor que la alojara hasta la tarde, por unas horas. Accedió con la condición que no olvidaran pasar a buscarla.
El paciente que es en parte recuperado descubre que después de una odisea puede ser alguien; sin embargo, el destino desbocado le tiene asignado el último rincón.
El retardo mental de un joven de 21 años, proveniente de Victoria, es la cachetada más cruel que puede significar el canto a la vida.
Padecen trastornos psiquiátricos, aunque se desacredita que, la Colonia de Federal sea el lugar ideal para su rehabilitación.
Por sus nombres los llamaron a los que desde el Borda de Buenos Aires enviaron al recién creado psiquiátrico de Federal, allá por el año 1.967, cuando los pacientes albergados superaba el número 300. Los que aún viven de aquella camada -cuatro o cinco que todavía cuentan la historia cuando cruzaron el río por medio del tren en balsa, y bajaron en la estación ferroviaria de Federal - tienen más de 70 años, siendo los más antiguos de la Colonia -los internaron a los 20/21 años-.
Son contados los pacientes que han sido dados de alta para nunca más volver. Ocurre que el hospital de Federal alberga a los enfermos crónicos, o sea que, los que llegan allí –como una paradoja- ya no tienen vuelta; si logran el alta de rehabilitación, vuelven porque sus familiares los rechazan.
Desde la dirección del psiquiátrico se reveló que al mes ingresan entre 8 y 10 enfermos.
Llegan traídos por familiares, previa derivación médica, o mediante vía judicial; la adaptación resulta inmediata, tal vez por aquello de ya no saber quiénes son ni dónde están; es como si el cuerdo no supiera diferenciar la pizza del caviar.
La vegetación caracteriza al sector que desde el pueblo se divisa por los árboles, a cuyo derredor se han tejido historias macabras que se resisten a ser las últimas por más que se avance en la medicación.
Episodios tétricos tiñen de impotencia la existencia de la raza humana.
El paciente Julio Viola estuvo encerrado durante más de cuatro años en una habitación 4 x 4. Viola, llegó al psiquiátrico cuando rondaba los 30 años. En más de una década de internado, mató a tres compañeros. Desde la última muerte, fue recluido en la habitación con un ventanal en lo alto, y a la que accedían los enfermeros, de a dos, para atenderlo en cuanto a comida, vestimenta y medicación.
Cuentan que Viola estaba casi siempre acostado y tapado. Cuando entraban los enfermeros se desesperaba por salir, intención que era controlada con sólo concederle un cigarrillo.
De contextura robusta, Viola tomaba 24 comprimidos al día, que alejado de toda rehabilitación, eran para él nada más que sedantes temporarios.
Voces comprometidas concluyen en que el psiquiátrico es "depósito de locos"; a juzgar por los rehabilitados y los recuperados que son rechazados por los familiares, la cruda realidad no da lugar a que se dude de esa condición. De los 170 enfermos mentales sólo se ocupan de sus íntimos, diez o doce familiares; del resto, que se apiade Dios.
Los funcionarios responsables de la salud mental deberían considerar la situación del psiquiátrico de Federal que se refleja en números: 2 psiquiatras, 2 psicólogos, 1 psicopedagogo, 1 asistente social, y 80 enfermeros para atender a 170 pacientes. Por una vez, en sentido figurado, la matemática pierde ante la teoría.
Se sientan, se paran, dan vueltas en un mismo lugar. Fuman, toman mate, se abrazan y "meditan" en soledad. Seres y semejantes a los que la indiferencia se ha encargado de arrinconar en una lejanía no tan distante a la que se reniega pero no se puede obviar.
INFORMACIÓN RELACIONADA: AUDIO DANIEL SCIORTINO -DIRECTOR DEL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE FEDERAL- (EL DEDO EN LA LLAGA).