28/12/09 Minutos antes de las 10 del jueves 24, el cielo se fue cubriendo con un manto negro; progresivamente, en los minutos siguientes, la observación se asemejó a la instancia en que se corre el toldo en el techo de un acoplado de camión. En el horizonte, sólo fue quedando una luz.
Los perros ladraban, mientras el viento agitaba la copa de los árboles y doblaba los pastizales.
Las chapas crujían en los galpones emplazados entre las infinitas extensiones de campo.
En la ciudad, las corridas se multiplicaban para entrar la ropa, al mismo tiempo en que los broches caían una y otra vez entre dedos endebles por la tensión.
La mañana de pileta «se aguó».
En la ciudad y en el campo, los tirantes de los techos crujían con más acústica, es más, el sonido se transformó prácticamente en música, con el acompañamiento del repiquetear de las latitas de durazno que volaban como pañuelos.
Repentinamente, y por un lapso de escasos minutos una tensa calma sobrevolaba el ambiente, hasta que nuevamente el follaje de los árboles se tambaleaba con un chiflar de fondo.
Parecía que goteaba, cuando en realidad lo que acontecía era que las clavadoras resistían, de la misma forma en que los cables se aferraban a las torres y postes, bamboleándose hasta besarse con las hojas de los árboles, a la vez que, a coro, se inclinaban los pastos crecidos, acompasados por un polvillo que pasaba a la velocidad del viento.
Las agujas del reloj ya estaban por reencontrarse, cuando el capataz de estancia intuyó que la tormenta «había pasado» -o una cola de tornado...- y que lo que «se venía» era agua..., en cantidad.
Otra vez diluvió; para tener una idea de la lluvia torrencial basta con graficar que los limpiaparabrisas no alcanzaban a retirar el agua, y que en media hora el pluviómetro alcanzó la marca de casi 50 milímetros.