20/01/09
El ulular de la sirena de las autobombas sigue amplificando el espacio público de la zona, siendo el sonido la característica que alerta sobre la asistencia de los bomberos a un determinado lugar para apagar el incendio de campos. Por estos días, no hay otra suposición de a qué obedece el aviso auditivo. Se desprende que cuando los bomberos salen de sus cuarteles es para apagar los focos de fuego que se reproducen en los campos secos del Departamento Federal. Ni aún después de la lluvia del domingo (8 milímetros en la ciudad de Federal y marca promedio en toda la jurisdicción del departamento), se consideró otra alternativa que no sea apagar el fuego en campos.
Con un dejo de ironía, se interpretó que, la cantidad de lluvia representó una especie de burla de la naturaleza, como asimismo, se concluyó en que el agua que roció la tierra fue como echar nafta al fuego.
El factor climático no contribuye para remediar la situación de crisis en la que se encuentran los productores. Por el contrario, parece que hace las veces de usurero ante los costos que debe absorver el emprendedor agrícola si pretende sembrar para cosechar. El ganadero no está exento del estado de caos a causa de la sequía, porque como advierten, «cuando llueva, no va a llover pasto...».
Las consecuencias de la seca no admiten tregua, menos aún si los efectos resultan secundarios, como un baño a la ligera que apenas alcanza para lavar la cara.
Los insignificantes milímetros acumulados el domingo 18, se asemejaron a aquello de «pan para hoy, hambre para mañana»; tal cual...
El lunes 19, la tierra siguió crujiendo y alborotó lo que queda resecado sobre la superficie. El saldo implicó un resultado inevitable e indeseable. Los brotes no fueron de pasto sino de incipientes llamas que se avivaron por la geografía de suelos amarillentos, que entre el mate de la mañana y la siesta, se convirtió en un terreno negro e hirviente.