Convivimos con los marginales, a los que hay que incluir


Voy a contar una experiencia personal que tiene que ver con la inseguridad, impunidad en la que vivimos.

Anoche (serían las 00:30 de este lunes 14 posmundial), vándalos rompieron el vidrio de un ventanal del frente de mi casa.

Salí a perseguirlos, apenas constaté los daños en la propiedad.
A la carrera me detuve a preguntarle al empleado de seguridad de un comercio de la zona, si había visto pasar «a unos que rompieron un vidrio». Me dijo que pasaron corriendo para el otro lado de la vía. 
Cruzé los pajonales, entre zanjas devoradoras del terreno abandonado de lo que fuera el ex ferrocarril. 
A pesar de la oscuridad, rápidamente visualicé a los potenciales sospechosos. Dos por aquel lado (al lado de un templo, sobre calle Francisco Ramírez, en el corazón del barrio Campo de Mayo), y otro que iba cruzando la canchita (campo de deportes -le dicen- del Club Malvinas) del popular y peligroso barrio. 
No era difícil suponer quiénes serían los autores de una acción delictiva en la soledad de la madrugada.
Seguí al que iba solo. Se volvió en actitud intimidante. Me le puse a la par y comencé a interrogarlo. Titubeaba. Empezó a contradecirse. Incurrió en una y otra incoherencia. Quien decía venir «de acá a la vuelta, de lo de López», intentó responsabilizar a «son una barra de Centenario, los que rompieron el vidrio...». Cómo sabía que a quien perseguía había roto un vidrio?. Los otros malvivientes miraban desde lejos, prontos a reaccionar ante lo que pudiera pasarle a su cómplice.
El autoincriminado dijo ser de apellido Uribe (nombre falso -seguramente-), y vivir «acá nomás, frente a la canchita». No se detuvo frente a lo que sería su casa, sino que siguió caminando hacia el puentecito de la cañada, en dirección a Perón. Manifestó «yo vivo acá», e ingresó en una vivienda cualquiera.
Minutos después salió por donde había entrado, volviendo para su casa.
Los otros, compinches del barrio, provocaban en actitud agraviante.
Mejor no entrar en rencillas que deparen en consecuencias mayores.
Con mi cuñado «dimos parte» al policía en el puesto de la Estación. Solo para que «tome nota de lo sucedido».
Volvimos a la garita del vigilante privado, para saber detalles de los vándalos. «Eran cuatro; dos pasaron por acá -por el descampado de la esquina de Artussi y Seghezzo y otros dos pasaron corriendo por el cruce» peatonal de Güemes y Artussi, en dirección a la Sala de Primeros Auxilios de Campo de Mayo. El testimonio del guardia fue coincidente con el propio «uno estaba vestido con remera blanca (Uribe)». «Tenés que hacer la denuncia» sugirió el guardia privado.
Al regresar a casa, minutos después, llegó un patrullero, con dos policías, y después otro vehículo policial con tres de civil. Demasiado para tan poco; en todo sentido.
En lugar de actuar con celeridad ante los primeros datos aportados, la delegación escuchó atentamente los testimonios, para después, indicar, «tiene que hacer la denuncia, para que después vengan a sacar fotos»...

Con todo el respeto que me merecen los policías, no saben trabajar, o no pueden.
En lugar de operar sobre el terreno donde habitan los vándalos, trabajan desde la oficina-escritorio.

Hasta un chico de 9-11 años, intuye en que «no va a pasar nada» a modo de medida correctiva, reparadora del accionar delictivo.
Si la Policía identifica a los autores, cuál es el procedimiento. Los van a detener; deberá exigírseles repongan el vidrio?.
Hoy te rompen un ventanal, mañana te rompen el auto, la semana anterior le robaron la bicicleta a Julián en el barrio El Salto, pasado mañana te agreden a tu hijo.
Los marginales, los ni-ni- (los que no estudian ni trabajan) son parte de este sistema, a través del que se apaña a los delincuentes, se los protege; son los que «Argentina incluye»...